jul 04 2010

El vaivén de las expectativas

Posted by CJav in Futbol, Maradona

Una nueva vuelta a casa en cuartos de final, y de nuevo con Alemania después de pasar a México.
Escribo esto el día siguiente a la eliminación, cuando todavía no se sabe si Maradona sigue o se va, y no se sabe quien es finalmente el campeón mundial.

Por supuesto, estamos viviendo el gusto amargo de haber perdido, y por paliza, con Alemania. De haber quedado fuera. Pero para analizar con alguna objetividad el papel de Argentina, conviene ver donde estábamos parados, antes del mundial.
La asunción improvisada de Maradona en las eliminatorias y la clasificación angustiosa mostraron que hasta ahí el técnico no había dado en la tecla con el funcionamiento del equipo. No voy a entrar en discusiones sobre su capacidad o experiencia como técnico porque es simplemente inútil. El hecho concreto es que cuando Argentina le ganó a Uruguay en el Centenario y confirmó su presencia en el mundial en la última fecha, ningún hincha argentino daba mucho por la actuación en el mundial. Había alguna esperanza de que algún asesor del que se hablaba (Mohamed, Gamboa, Ruggeri) ayudara a Diego a evitar un papelón, pero nada más.
Llegó el mundial, y Maradona consiguió una cierta mística de grupo en las tres semanas de concentración previas al comienzo. De alguna forma los comprometió y, aún con fallas que nos hacían ver los partidos con mucho nervio aun ganando cómodos, logró el 100% de los puntos en los primeros cuatro partidos, algo que no se lograba desde 1930, y tambien consiguió en algunos momentos colocar a la selección como favorita a ganar el mundial en las casas de apuestas, algo que siempre consulto porque refleja lo que la mayoría de la gente realmente piensa que va a suceder, obviando deseos y preferencias.
Y ese fue uno de los problemas. Nos olvidamos de las pocas expectativas que teníamos antes del mundial, y empezamos a preguntarnos por qué no. Hasta que nos encontramos con un gran equipo, en crecimiento y en un gran día, y no nos dio para tanto.
La selección mejoró, claramente, con respecto a las eliminatorias, en estrategia, actitud e individualidades. Pero para ganar un mundial también hace falta una defensa muy segura, y una confianza que dé equilibrio si sucede que se recibe un gol a los dos minutos, algo que le puede pasar a cualquier equipo.
Párrafo aparte para los que piensan que perder 4 a 0 representa alguna clase de humillación. No es así en absoluto. Es algo lógico cuando uno quiere seguir intentando pese a ser superado en toda la cancha. También le podía haber pasado a Brasil: sólo la ineficacia para definir de los holandeses evitó que el resultado fuera 3 a 1 o 4 a 1. SInceramente prefiero perder así, y no con un decoroso 1 a 0 como Portugal contra España, aceptando mansamente la superioridad del rival y renunciando a atacar faltando media hora.
Tal vez Diego siga, y tal vez tenga tiempo de aprender de esta derrota y seguir mejorando el equipo hasta llegar al nivel como para vencer algún tanque europeo en octavos o cuartos de un mundial. Está claro que no es fácil, porque no lo lograron los hiperplanificadores Passarella, Bielsa y Pekerman. Ninguno de los tres llegó a los 12 puntos de Maradona. No reniego de la planificación, porque eso ayuda a morigerar un poco la influencia de los imponderables; a fin de cuentas, para ser campeón mundial siempre hace falta lo mismo: un par de cracks, un equipo decente, y algo de suerte.
 

jun 24 2010

Un cuento de Sacheri

Posted by CJav in Futbol, Literatura

En plena fiebre mundialista, una historia mundialista rioplatense, por Eduardo Sacheri, el autor de "El secreto de sus ojos".

Una sonrisa exactamente así
por Eduardo Sacheri

Hasta ahora sonreíste siete veces. Por supuesto que las tengo contadas. Hace un rato increíblemente largo que vengo mareándote con mis palabras, por estrategia o por desesperación, y verte sonreír es –me parece- la única huella que puede llegar a indicarme si voy bien o si estoy perdido.

La primera fue la más fácil. Las difíciles fueron desde la segunda en adelante. Tu primera sonrisa fue automática, impersonal. Fue un reflejo de la mía. Casi un acto de imitación involuntaria. Un tipo joven se acerca a tu mesa, se te planta adelante y te dice “hola” mientras sonríe y vos, que estabas absorta mirando hacia fuera, hacia la calle, volvés de tu limbo y contestás aquella sonrisa con una igual, o parecida.

A partir de entonces las cosas se complicaron. Fue mucho más difícil conseguir que soltaras la segunda. Porque este desconocido que era –que sigo siendo- yo, sin dejar de sonreír, te pidió permiso para ocupar la silla vacía de tu mesa. Unos minutos –prometí-, no demasiados. Un rato, porque tenía que decirte algo. Entonces de tu rostro se fue aquella sonrisa, la primera, la del reflejo o el saludo, la que era nada más que un eco de la mía. Y en su lugar quedaron la extrañeza, la incertidumbre, las cejas un poco fruncidas, un ápice de temor. ¿Qué quería este desconocido? ¿De dónde lo habían sacado?

Como te sostuve esa mirada, como aguanté a pie firme este bochorno precisamente por causa y por culpa de esa mirada tuya, no de esa pero sí de otra nacida de los mismos ojos –la que tenías mientras mirabas hacia fuera del café sin ver a nadie, ni a mí ni a los otros, justo cuando yo pasaba corriendo por Suipacha-, como te la sostuve, digo, vi que estabas a punto de decirme que no, que no podía sentarme a tu mesa. ¿Dónde se ha visto que una chica acepte sin más ni más a un desconocido en su mesa, sobre todo si el desconocido tiene el traje desaliñado, la corbata floja y la cara empapada de sudor, como si llevara unas cuantas cuadras lanzado a la carrera?

Ibas a decirme que no, y si no lo habías hecho aún era porque en el fondo te daba algo de pena. Fue por eso, porque se notaba en tu rostro que ibas a decirme que no, aunque te diera pena, que alcé un poco las manos como deteniéndote, y te rogué que me dejaras hablarte de los uruguayos del Maracaná.

Para eso sí que no estabas lista. No había modo de que lo estuvieras. ¿Quién hubiese podido estarlo? Te habrá sonado igual de loco que si te hubiera dicho que quería contarte sobre la elaboración de aserrín a base de manteca o sobre la inminente invasión de los marcianos. Pero la sorpresa tuvo, me parece, la virtud de desactivarte por un instante la decisión de echarme.

Y en ese instante, como en el resto de esta media hora de locos, no me quedó otra alternativa que seguir adelante. ¿Te fijaste cómo hacen los chicos chiquitos, cuando se pegan sigilosos a las piernas de sus madres mientras ellas están atareadas en otra cosa, para que los alcen a upa aunque sea por reflejo y sin distraerse de lo que están haciendo? Más o menos así me dejé caer en la silla frente a vos. Sin dejar de hablar ni de mirarte, y sin atreverme a apoyar los codos sobre la madera, como para que mi aterrizaje no fuese tan rotundo.

Para disimular no tuve más opción que lanzarme a hablar, aunque no supiese bien por dónde empezar y por dónde seguir. Arranqué por la imagen que a mí mismo me cautivó la primera vez que alguien me puso al tanto de esa historia: once jugadores vestidos de celeste en un campo de juego, rodeados por doscientos mil brasileños que los aplastan con su griterío furioso, a punto de empezar a jugar un partido que no pueden ganar nunca.

Te dije eso y tuve que hacer una pausa, porque si seguía amontonando palabras esa imagen iba a perder su fuerza. Y noté que querías seguir escuchando, y no por el arte que tengo para contar, sino porque ese es un principio tan bello y tan prometedor para una historia que a cualquiera que la escuche sólo le cabe seguir atento para enterarse de lo que pasa con esos once muchachos.

Me pareció entonces que era el momento de agregarte algunos datos que te ubicasen mejor en esa trama. Año 1950, te dije, Campeonato Mundial de Fútbol, partido final Brasil-Uruguay, Río de Janeiro, 16 de julio, tres y media de la tarde, te dije.

Esa fue la segunda vez que sonreíste. Una sonrisa extrañada, a lo mejor desconcertada, a lo peor compasiva, pero sonrisa al fin. Ya no tenías temor de que este tipo locuaz de traje gris fuese un asesino serial o un esquizofrénico. Podía ser un idiota, pero en una de esas, no. Y la historia estaba buena. Por eso te seguí pintando el panorama, y te conté que los brasileños llegaban a ese partido final después de meterle siete goles a Suecia y seis a España. Y que Uruguay le había ganado por un gol a los suecos y había empatado con los españoles. Y que con el empate le alcazaba a Brasil para ser campeón del mundo por primera vez.

Ahí yo hice otra pausa, porque me pareció que tenías datos suficientes como para que la historia fuera creciendo en tu cabeza. “¿Sabés qué les dijo un dirigente uruguayo a sus jugadores, antes de salir a jugar la final?”, te pregunté. Vos no sabías, cómo ibas a saber. “-Traten de perder por poco. Intenten no comerse más de cuatro-. Eso les dijo. Les pidió que evitaran el papelón de comerse seis o siete. ¿Te imaginás?”, te pregunté. Y vos moviste la cabeza diciendo que sí, y yo me quise morir viéndote así, porque estabas imaginando lo que yo te estaba contando, y era una estupidez, pero fue entonces, hace veinte minutos, que tuve la intuición fugaz de que era el primer diálogo que teníamos en toda la vida. Vos estabas ahí, o mejor dicho vos estabas ahí dejándome a mí también estar ahí porque te estaba contando de los uruguayos. Era esa historia la que me tenía todavía vivo en el incendio de tus ojos, y por eso te seguí contando.

Esos once muchachos vestidos de celeste entraron a cumplir con un trámite, te dije. El de perder y volverse a casa. Para eso el Maracaná recién estrenado, las portadas de los diarios impresas desde la mañana, el discurso del presidente de la FIFA felicitando a los campeones en portugués, la mayor multitud reunida jamás en una cancha, los petardos haciendo temblar el suelo.

“Con decirte –proseguí- que la banda de música que tenía que tocar el himno nacional del ganador no tenía la partitura del himno uruguayo”, y abriste mucho los ojos, y yo te pedí que no abrieras los ojos así porque podías tumbarme al suelo con la onda expansiva, y esa fue tu tercera sonrisa, con las mejillas un poco rojas asimilando el piropo cursi y suburbano. Supongo que yo –definitivamente enamorado- también me puse colorado, y salí del paso contándote el partido, o lo que se sabe del partido, o lo que no se sabe y todo el mundo ha inventado del partido. Un Brasil lanzado a lo de siempre: a triturar a sus rivales, a engullir seleccionados, a llenarle el arco de goles a todo el mundo, a sepultar rápido los noventa minutos que los separaban de la gloria. Un Uruguay chiquito, un Uruguay estorbo, un Uruguay que molesta y pospone el paraíso. Un Uruguay ordenado y prolijo que le cierra todos los agujeros y los caminos, y un primer tiempo que termina cero a cero pero es casi lo mismo porque el empate le sirve a Brasil.

“Y empieza el segundo tiempo y a los dos minutos –continué- Friaca marca un gol para Brasil”. Entonces fruncí los labios y moví las manos en ese gesto que quiere decir “listo, ya está, asunto terminado”, y que vos interpretaste a la perfección, porque te pusiste un poco triste.

“Imaginate lo que era el Maracaná después del 1 a 0”, agregué. Los uruguayos ya tenían que meter dos goles, y en realidad lo más probable era que Brasil les metiera otros cuatro antes de que esos pobres muchachos consiguieran llegar a la otra área.

Creo que ese fue el momento más difícil. No digo de esa final del Mundo. Me refiero a nuestra charla, o más bien a mi monólogo. Tal vez te suene ridículo –en realidad lo lógico es que todo esto te suene absolutamente ridículo-, pero evocar ese instante del gol de Friaca, con todo el mundo enloquecido y feliz alrededor de esos once uruguayos náufragos me hizo sentir a mí también el frío mortal de la derrota. Y estuve a punto de rendirme, de ponerme de pie, de ofrecerte la mano y despedirme con una disculpa por el tiempo que te había hecho perder. No sé si te ha ocurrido, eso de entusiasmarte hasta el paroxismo con alguna idea que apenas la echás a rodar se vuelve harina y es nada más que pegote entre los dedos. Así quedé yo en ese momento.

Pero entonces me salvó tu cuarta sonrisa. Al principio no la vi, porque me había quedado mirando tu pocillo vacío y el vaso de agua por la mitad. Por eso me preguntaste “¿Y?”, como diciendo qué pasó después, y entonces no tuve más remedio que alzar la vista y mirarte. Tenías la cabeza apoyada en la mano, y el codo en la mesa y los ojos en mí. Y tus labios todavía no habían desdibujado esa sonrisa de curiosidad, de alguien que quiere que le sigan contando el cuento.

No me quedó más remedio –o lo elegí yo, es verdad, pero a veces es más fácil elegir cuando uno piensa que no tiene más remedio- que caminar hasta el fondo del arco y buscar la pelota para volver a sacar del mediocampo. Recién, hace quince minutos, lo hice yo; en el ’50, en Río, lo hizo Obdulio Varela. El cinco. El capitán de los celestes. Te dije que según la leyenda se pasó cinco minutos discutiendo con el árbitro para enfriar el clima del estadio. Pero son tantas las leyendas de esa tarde que si te las contaba todas no iba a terminar nunca. Esos uruguayos, pobres, habrán gastado mucha más saliva, a lo largo de sus vidas, desmintiendo las fábulas de lo que no fue que relatando lo que sí pasó.

Se reanudó el partido. Y yo, contándotelo, hice más o menos lo mismo. A esa altura se supone que está todo dicho y todo hecho –te situé-: Uruguay pudo resistir el primer tiempo completo. Ahora que entró el primer gol tiene que entrar otro más, y otros dos, u otros cuatro. Ahora la historia va a enderezarse y caminar derecha hacia donde debe.

Pero el asunto se escribe de otro modo. Porque ese gol que Friaca acaba de meter no es solamente el primero de Brasil en esa tarde. También es el último. Nadie lo sabe, por supuesto. Ni los brasileños que juegan ni los brasileños que miran ni los brasileños que escuchan. Pero los once celestes sí parecen tenerlo claro.

Tan claro que siguen jugando como si nada. Como si más allá de las líneas de cal se hubiese acabado para siempre el mundo. Tal vez por eso, porque están decididos ni más ni menos que a jugar al fútbol, desborda la camiseta celeste de Ghiggia por derecha, envía el centro y Schiaffino la manda guardar en el arco de Barbosa, que no lo sabe pero acaba de empezar a morir; aunque todavía le falten cincuenta años hasta que de verdad se muera.

No sé si en otros deportes esas cosas son posibles. En el fútbol sí. Nada es para siempre, ni definitivo, ni imposible. ¿Será por eso que es tan lindo? Faltan diez, nueve minutos para que Brasil sea campeón con el empate. Pero Ghiggia se la toca a Pérez que se la devuelve profunda, como en el primer gol, por la derecha, hacia el área. El puntero celeste lo encara a Bigode y lo deja de seña, aunque se acerca peligrosamente al fondo y eso lo deja sin ángulo de disparo. Lo lógico es que Ghiggia tire el centro. Eso es lo que esperan sus compañeros, que le piden impacientes la pelota. Es lo que esperan los defensores brasileños, que tratan de marcarlos. Y es lo que espera el pobre Barbosa, que se mueve apenas hacia su derecha para anticipar el envío.

Ahí vino tu quinta sonrisa. Fue de nervios. Faltó que te pusieras de pie para ver mejor, como hacen los plateístas en la cancha en las jugadas de riesgo. Esa fue la menos mía de todas tus sonrisas. Pero no me molestó, casi al contrario. Esa sonrisa fue toda para Ghiggia, para alentarlo a lograr lo que en apariencia no podía salirle: sacar el balinazo al primer palo, meter el balón entre Barbosa y el poste. Prolongaste tu sonrisa para acompañarlo en su carrera con los brazos en alto, esa carrera a solas, a solas porque sus compañeros simplemente no pueden creer que la pelota haya entrado por donde no había sitio para que entrase.

A esa altura me faltaba contarte poco. El público enmudeció de pavor, y a los jugadores de Brasil el alma se les llenó de malezas heladas. Y ahí llegó tu sexta sonrisa. Esta fue confiada. Ya habías entendido cómo terminaba la historia. Lo único que querías era que te lo confirmase. Te agregué una última leyenda, porque aunque tal vez también esa sea mentira, de todos modos es hermosa. Con el tiempo cumplido, cayó un centro al área de Uruguay. El uruguayo Schubert Gambetta alzó los brazos y tomó la pelota con las manos. Sus compañeros se querían morir. ¿Cómo va a cometer ese penal infantil en una final del Mundo, con el tiempo cumplido? Lo increpan, lo insultan. Gambetta los mira sin entenderlos. Se defiende, tal vez a los gritos, tal vez lo hace llorando. Les dice que miren al árbitro. Les pregunta si no lo escucharon. Porque aunque parezca imposible, Gambetta es el único que ha escuchado el pitazo final. Es el único que ha sido capaz de discriminar de entre todos los ruidos –el de la pelota, el de las voces, el del pánico- el sonido del silbato. Los demás terminan por entender que es cierto: el partido ha terminado, Uruguay es campeón del mundo.

Y cuando hice un segundo de silencio después de la palabra “mundo”, tu séptima sonrisa se iluminó del todo, en el alborozo de saber que esos once muchachos de celeste habían sido capaces de saltar todas las trampas del destino para volverse a Montevideo con la Copa. La tortuga que derrota a la liebre, el mendigo hecho príncipe, David contra Goliat, pero con pelota.

Si hubiese ganado Brasil nadie se acordaría demasiado del 16 de julio de 1950. Lo normal no se recuerda casi nunca. Pero ganó Uruguay, un partido que si se hubiese jugado mil veces Uruguay debería haber perdido novecientas cincuenta y empatado cuarenta y nueve. Pero de las mil alternativas Dios quiso que cayera esta: Uruguay da el batacazo más resonante de la historia del fútbol, y más de medio siglo después yo me acerco a tu mesa y te lo cuento.

Hoy es 28 de julio. Pero si vos ahora me decís que me levante y me vaya, da lo mismo que sea 37 de noviembre. Lo del 37 de noviembre te lo dije recién, hace dos minutos, pero tu sonrisa no llegó a ser porque viste mi expresión seria y te contuviste. Porque ahora hablo más en serio que en todo el resto de esta media hora que llevo sentado enfrente tuyo. Y si vos ahora me decís que me vaya, yo me levanto, dejo tres pesos por el café, te saludo alzando una mano, me mando mudar y sigo por Suipacha para el lado de Lavalle. Y vos de nuevo te ponés a mirar por la vidriera.

Igual andá con cuidado, porque es muy probable que si reincidís en eso de mirar hacia afuera con esos ojos que tenés, otro tipo haga lo mismo que yo, se enamore y entre. Más difícil será que te cuente una historia como esta que acabo de contarte, pero algo se le ocurrirá, mientras intenta no perderte. Pero bueno, pongamos que eso no sucede, y el resto de los hombres te deja en paz, mirando hacia la calle. En ese caso, de aquí a unos minutos se te irán borrando de la memoria los tonos de mi voz y los detalles de mi cara.

Y ahora viene lo más difícil. El problema es que los uruguayos pueden acompañarme hasta aquí y nada más. De ahora en adelante es imposible. Y mirá que, para esos tipos, no parece haber muchas cosas imposibles. Pero lo que falta por hacer es asunto mío. O mío y tuyo, pero no de ellos.

Lo que me falta contarte es el final, o el principio, según se mire. Me falta hablarte de mí, hace media hora, corriendo como un loco por Suipacha hacia Corrientes. Tarde, tardísimo, porque hoy todo me salió al revés desde el momento mismo en que abrí los ojos, esta mañana. El despertador que no sonó, o que me olvidé de poner, el golpe que me di con el borde de la puerta en plena frente, los dos colectivos que pasaron llenos y me dejaron de seña en la parada, el subte que fui a tomar desesperado por no llegar tardísimo al trabajo y que hizo que fuera corriendo por Suipacha desde Rivadavia y no desde Paraguay, y el semáforo de Corrientes que pasa al verde diez segundos antes de que llegue a la esquina y los autos que arrancan y yo que me agacho con las manos sobre los muslos intentando recuperar un poco el aliento, mientras giro de espaldas a la calle y me topo con el bar y con tu codo en la mesa y tu cabeza en la mano y tu mirada en el vidrio pero viendo nada.

No importa lo primero que pensé al verte. O sí, pero no es el momento. Tal vez haya oportunidad, alguna vez, de decírtelo. Depende.

Lo que sí puedo contarte es que en ese momento, mientras me asaltaba el dilema de volverme hacia Corrientes y seguir corriendo hasta Lavalle o entrar a encararte es que vinieron los uruguayos. Llegaron en ese momento. Los once: Máspoli; González y Tejera; Gambetta, Varela y Rodríguez; Ghiggia, Pérez, Migue, Schiaffino y Morán.

Te parecerá tonto, pero esos uruguayos del Maracaná me sirven de talismán. No siempre. Sólo recurro a ellos en situaciones difíciles. A veces recito la formación, como rezando. O me los imagino en el momento de entrar a la cancha con cara de “griten todo lo que quieran, que nos importa un carajo”. O lo veo a Ghiggia en el momento de meter el balón por el ojo incrédulo de la aguja de Barbosa. Si Uruguay pudo en el ’50, me dije… en una de esas quién te dice.

Por eso me desentendí del semáforo y de la calle Corrientes y entré al bar y caminé hasta tu mesa y te sonreí y vos, por reflejo, me devolviste tu primera sonrisa. Pero como te dije hace un rato el problema no son tus primeras siete sonrisas. El asunto es la que viene.

Tengo novecientas noventa y nueve chances de que me digas que me vaya, y una sola de que me pidas que me quede.

Porque ponele que yo ahora termino y vos sonreís: alguien lo mira de afuera y puede decir “¿Y qué tiene que ver que sonría? Puede sonreír porque piensa que estás loco, o que sos un tarado”, y es cierto, puede ser por eso. Y en una de esas es verdad.

Pero también puede ser que no, que sonrías porque te gusté, o porque te gustó la historia que acabo de contarte. O las dos cosas: a lo mejor te gustamos mi historia y yo, y a lo mejor te estás diciendo que en una de esas para vos también este es un día especial. Un día distinto, ese día diferente a todos los otros días en que las cosas se salen de la lógica y la vida cambia para siempre, y a lo mejor pensás eso a medida que yo te lo digo y en tu cabeza se abre la pregunta de si no será una buena idea seguirme la corriente, por lo menos hasta dentro de medio minuto cuanto te invite al cine y a cenar, o hasta dentro de un mes o hasta dentro de un año o hasta dentro de cuarenta.

Y puede que ahora sonrías una sonrisa que me indique a mí, que llevo media hora intentando leer las señales de tu rostro, que hoy no sonó el despertador y me pegué con el filo de la puerta y perdí los colectivos y corrí hasta el subte y vine corriendo desde Rivadavia y me cortó el semáforo y giré y vos estabas sentada en el café nada más que para esto, para que yo me atreva a rozar tu mano con la mía y vos de un respingo y me mires a los ojos con tus ojos como lunas y yo te sonría y vos también me sonrías, pero no con una sonrisa cualquiera sino con esta que te digo y que vos estás empezando a poner, ¿ves? Así: una sonrisa exactamente así.

Eduardo Sacheri

jun 20 2010

2010: Dos primeros partidos

Posted by CJav in Deportes, Futbol, Maradona

Pasaron dos partidos. Pasó Nigeria, un partido tranquilo en el desarrollo pero difícil en el resultado. Ganar por la mínima deja el partido vivo hasta el último segundo, la última jugada. Con Corea del Sur el partido terminó mucho más tranquilo, pero también se vivió media hora de nervios, cuando también se ganaba por la mínima. Traslademos el error de Demichelis al último minuto del primer partido, y todo hubiera sido distinto.

Al tratarse de pocos partidos, el mundial siempre está lleno de estos imponderables. Pasados casi dos partidos de cada equipo, está claro que el grupo de Argentina resultó bastante más fácil de lo que se pensaba; Nigeria está bajísimo, como casi todos los equipos africanos; Corea del Sur, en los papeles el mejor de Asia, jugó contra Argentina con un planteo que parecía hasta conformarse con el 0-2. Grecia no mostró mucho, aunque tampoco había grandes expectativas ahí. Pero también hay que decir que equipos con ese nivel complicaron a España (perdió con Suiza), Alemania (perdió con Serbia), Brasil (ganó el primer partido con algo de susto, contra Corea del Norte, un rival mucho más débil que los de Argentina), Inglaterra (no le pudo ganar a USA ni a Argelia), Italia (no le pudo ganar a Paraguay ni a… Nueva Zelanda!). Ni hablar del papel de Francia.

Con lo cual hay que valorar el comienzo de Argentina, aunque es el mismo que en tres de los últimos cuatro mundiales (94, 98, 06). El problema es que los jugadores que tiene la selección dan para ilusionarse, y entonces surge la prudencia, porque después de todo lo más probable es que no salgamos campeones. Los buenos resultados pueden haber subido las chances digamos de un 14 a un 18% o algo así. Pero, después de estos dos partidos, ya la ilusión está, y con ella el riesgo de decepcionarnos. Así es la cosa, ilusionarse es un riesgo, pero creo que peor es transitar el mundial sin expectativas.

Lo que no se puede negar es que este comienzo de Argentina es en sí mismo una sorpresa, porque nada hacía prever que después de dos partidos (escribo antes de que juegue Brasil con Costa de Marfil), las casas de apuestas y la gente que juega plata para ganar más, en este momento se jueguen por la selección de Maradona. Ese solo dato es, en sí mismo, un aval a la elección de los jugadores, el trabajo y los planteos del Diez. Me voy a ver Brasil-Costa de Marfil.

jun 09 2010

Maradona y la selección: en busca del final feliz

Posted by CJav in Futbol, Maradona

Argentina 2, Nigeria 1. Segundo partido de la selección argentina en el mundial USA 1994. Cuando aquella enfermera acompañó diligentemente a Maradona, no nos imaginábamos que ese iba a ser su último partido en la selección.
Como a los que son de mi generación (tengo 44), la historia de Maradona me atraviesa desde la infancia. Desde que lo escuché nombrar por primera vez, cuando tenía unos doce años -de un amigo del edificio que venía con la novedad de un juvenil que la rompía- pasando por el debut en la selección, la decepción porque Menotti lo dejó afuera en el 78 y los madrugones para verlo en el mundial juvenil de Japón; me acuerdo de cada uno de esos momentos. Los chispazos en el mundial 82, la eliminatoria dificil y el fabuloso mundial 86; el momento exacto en que con mi hermano lo veíamos avanzar en el segundo gol contra Inglaterra, mirándonos de reojo, incrédulos, diciéndonos con la mirada "no me digas que esto termina en gol, no puede ser".

La copa América del 89, contra Uruguay, cuando gordo y falto de físico asombró a todo un estadio brasileño al tirar al arco desde media cancha y reventar el travesaño; el mundial 90, cuando sin ser campeón nos dio la satisfacción increíble de ganarles a Brasil y a Italia, jugando en una pierna todos los minutos de los siete partidos; los inolvidables dos primeros partidos del 94, con un equipo que, de seguir Diego hasta el final, probablemente hubiera quedado en la historia.
A la luz de lo que sucedió luego, tampoco era fácil imaginar  que dieciséis años después, y otra vez contra Nigeria y Grecia, Maradona esté ligado nuevamente a la selección. Como si pudiera continuar  el camino de aquel equipo que tanto prometía, retoma contra los mismos rivales la historia que no pudo terminar en el 94.

A dos días de comenzar Sudáfrica 2010 y sin resultados puestos, digo que estoy a favor de Maradona como técnico en este mundial. Toda la historia de Diego y la selección merecía un final mejor que el de USA, y me gusta que se arriesgue y lo busque. Lo siento así,  aunque más no sea por gratitud a la cantidad de emociones que nos hizo vivir.

may 23 2010

Después del ’86

Posted by CJav in Futbol, Literatura, Maradona

A propósito del inminente mundial, va un fragmento de una nota de Dolina publicada en Humor Registrado después del mundial 86, y luego -creo- incluida en Crónicas del Angel Gris:

Los Refutadores de Leyendas definen el fútbol como un juego en que veintidós sujetos corren tras una pelota. La frase, ya clásica, no dice mucho sobre fútbol, pero deschava sin piedad a quien la formula. El mismo criterio permite afirmar que las novelas de Flaubert son una astuta combinación de papel y tinta.
¡Líbrenos Dios de percibir el mundo con este simple cinismo!
El fútbol es -yo también lo creo- el juego perfecto.
Hoy que el destino ha querido hacernos campeones mundiales, conviene decirlo
apasionadamente.
Lejos de las metáforas oficiales que nos invitan a seguir el ejemplo de nuestros futbolistas para encontrar el destino nacional, yo apenas cumplo en homenajear a Bottaro, a Ferrarotti, a Luciano, a los miles de pioneros atorrantes que impartieron una ética, una estética, tal vez una cultura, cuyo inapelable resultado son los goles superiores, memorables, criollísimos de Diego Maradona.

Alejandro Dolina

mar 01 2010

God save the queen

Posted by CJav in Futbol, Maradona

En mi más tierna infancia era fanático de Queen, y también de Maradona. Pero no conocía esta foto, que aparentemente es del '81, cuando el grupo visitó Argentina.
 

 

 

 

 

 

 

oct 12 2009

Sufrir y gozar

Posted by CJav in Futbol, Maradona
P990i

Antes del partido contra Perú del sábado, coincidíamos con la gran mayoría de los futboleros con los que hablé en que ya era tarde para buscar un equipo que jugara bien, sólido, confiable. Sólo cabía clasificar aunque sea con un gol de penal inexistente a los 45′ del segundo tiempo. Después habría tiempo para pensar en armar un equipo que funcione como tal, ver si se acompaña a Diego con alguien experimentado -Ruggeri, Gamboa, Mohamed- que lo aconseje  en la parte táctica. Ver incluso si sigue Diego, vistos los problemas con la AFA. Pero a Perú había que ganarle como fuera. Y -no sorprendentemente- así fue. Se jugó mal y se ganó, pero no fue simplemente un partido malo, como lo hubiera sido si terminaba 1-0 con el gol de Higuaín. Fue de película. Nos dejó sentir, por un par de minutos, lo que sería quedar fuera del mundial. Y después de esos dos minutos de muerte clínica, nos revivió Palermo con un electroshock. También nos dio el gusto a los que no somos de Boca de entender lo que se siente al tenerlo jugando para nosotros. No recuerdo haberme quedado afónico por un solo grito, no recuerdo haber gritado tanto un gol.
Pero después del partido, todo aquello que decían todos quedó en el olvido. Ya no vale clasificar solamente: por supuesto, se buscan y desmenuzan todas las causas del desastre que casi ocurre. Pero ya está, muchachos. La selección no juega bien, hace rato, ningún técnico acierta a aprovechar los buenos jugadores que hay, y las cartas están echadas. Ahora queda un partido más, con más chance de perderlo que otra cosa; habrá que escuchar Chile-Ecuador, habrá que sufrir y, si se puede, disfrutar como el sábado, con un desahogo estilo Argentina-Brasil del ’90, no por nada uno de los partidos más recordados. No es que me guste la situación: es lo que hay, y ya no se puede cambiar hasta después de las eliminatorias. Dejemos a Diego hacer lo que pueda, disfrutemos de la victoria agónica sin analizar tanto, y a sufrir el miércoles.

jul 05 2009

Inexplicable

Posted by CJav in Futbol

Me gusta el fútbol y cuando hay una conversación sobre fútbol, participo como si supiera del tema. Juego, veo, comento, como la gran mayoría de la gente que conozco. Pero hay algo que todavía es un misterio para mí. Misterio que volvió a presentarse hoy, cuando jugaron  Vélez y Huracán el partido decisivo del Clausura 2009. Faltando 7 minutos hace el gol Maxi Moralez. Falta poco, es el gol del campeonato. Pero faltan 7 minutos, Maxi se saca la camiseta en el festejo, amarilla. Mas otra que tenía: roja. Vélez tiene que jugar los minutos que faltan con uno menos.
Hasta ahí, es más o menos entendible: la emoción del gol obnubila al jugador y en el festejo se olvida que está amonestado, etc, etc. Pero entonces, ¿cómo hacen los jugadores para aguantar fríamente el festejo cuando le hacen un gol a un club donde jugaron antes y con el que quedaron, digamos, en buenos términos? ¿Porqué es tan fácil aguantar en un caso y no en otro? Y este caso particular es extremo, porque era un campeonato, pero pasa muy seguido. Autocontrol en un caso, y descontrol en el otro, provocados por el mismo hecho: hacer un gol. Inexplicable.

may 01 2009

Los trapos sucios se lavan en cancha

Posted by CJav in Deportes, Futbol

Estos días escuchaba en la metro a Sebastián Wainraich y Julieta Pink hablando de lo irritada que está la gente, por lo menos en Buenos Aires. Creo que es así, y creo que viene desde la crisis del 2001. Desde los primeros cacerolazos parece haber una falta de paciencia y de serenidad que hace que la gente explote al instante, sin tomarse las cosas con un mínimo de filosofía. Me quedé pensando en esa reflexión cuando miraba los resultados de la primera ronda de la Copa Libertadores, en la que tres de los cinco equipos argentinos quedaron eliminados. Además del bajo nivel de los equipos, creo que esa crispación es uno de los motivos. Cuando los equipos visitantes de América vienen a jugar aquí, en lugar de encontrar una caldera de hinchas gritones que los haga recular, encuentran una anti-hinchada que se la pasa insultando a los propios jugadores. ¿Qué mayor satisfacción para los contrarios que escuchar a la hinchada rival insultar a sus jugadores? Es el equivalente futbolístico de romper la raqueta, como si todos los hinchas fueran Gastones Gaudio: el del otro lado lo ve flagelarse y maldecirse, y piensa ya lo tengo cocinado.
Los equipos argentinos que clasificaron son Boca y Estudiantes, que tienen un cierto margen de paciencia en sus hinchadas (por ahora). San Lorenzo y River son claros ejemplos de equipos que tienen que soportar a su propia gente. Claro, los equipos argentinos no mejoran mucho de visitantes, pero es que en ese caso son visitantes: por lo menos desde la televisión, se ve que el público los silba y no se dedican a presionar con insultos a su propio equipo.
Claro, me dirán que es lo que reciben los equipos después de desilusionar a las hinchadas; que se lo merecen, que son mercenarios, etc. ¿Pero si probamos alentando igual? ¿no se sentirían más obligados? En definitiva, ¿no lograrían mejores resultados, que es lo que les interesa a todos los hinchas?

feb 19 2009

Entre 2024 y 2026

Posted by CJav in Futbol, Maradona

En algún dia en el trienio 2024-2026, posiblemente Benjamín debute en primera. Tendrá disponibles para elegir genes de su padre Sergio Agüero (debut en primera: 15 años) o, si hiciera falta, alguno que otro de su abuelo Diego Armando Maradona (debut en primera: 16 años). Tal vez en 2030 juegue en el mundial. Tal vez en Argentina. Tal vez para Argentina, tal vez para España.
Veremos.